ESPACIO DE REFLEXIÓN
A RAÍZ DEL
PONTIFICADO DE FRANCISCO: NOTAS SOBRE FE, VERDAD Y MISERICORDIA
Martí Colom
El pontificado
de Francisco, y en concreto los temas que el papa quiso poner sobre la mesa en
el Sínodo Extraordinario sobre la Familia, son motivo de intranquilidad en
algunos sectores de Iglesia (a la vez que, sin duda, alegran y son motivo de
esperanza para otros muchos). Y empieza a ser habitual escuchar, entre aquellos
que miran con dudas la dirección que va tomando este pontificado, la opinión
según la cual, a su modo de ver, los planteamientos del papa nos llevarán a
tener que escoger entre verdad y misericordia; entre recta enseñanza y
compasión; entre doctrina y espíritu de acogida.
Efectivamente,
el papa y aquellos que sintonizan con él están insistiendo una y otra vez en la
necesidad de hacer de la misericordia la seña de identidad de los cristianos.
Los que recelan de esta actitud aceptan, por supuesto, que la compasión es
deseable y muy evangélica, pero escuchan la llamada a construir una Iglesia más
acogedora y misericordiosa (el famoso hospital de campaña del que habla
Francisco) y se preguntan, intranquilos: ¿será que tendremos que acabar sacrificando la verdad (esa “verdad a la
que servimos”, según la reciente expresión usada por un cardenal en Roma), a
cambio del talante pastoral y acogedor que Francisco nos exige?
Me parece que
plantear el debate en estos términos (verdad o compasión) es desacertado.
Porque quizá el punto al que hay que llegar es a la afirmación de que nuestra verdad,
nuestra enseñanza y nuestra doctrina son
en primer lugar la misericordia, la acogida y la compasión.
Ninguna verdad
debería pesar más, para nosotros, que el respeto a la dignidad de cada ser
humano y la promoción de su bienestar. Cuando nos olvidamos de esto y empezamos
a concebir la misericordia como un aspecto quizá deseable pero en todo caso secundario de nuestra fe, entonces hemos
vaciado el cristianismo de su esencia.
Ser cristianos
no es tanto una adhesión a unas verdades religiosas y morales acabadas e intelectualmente
comprendidas como una actitud ante la vida, fundamentada en el ejemplo de Jesús
de Nazaret, una forma de estar en el mundo y de relacionarnos con los demás con
un extraordinario potencial para transformar positivamente la realidad y para
abrirnos a la trascendencia. Nuestra fe es antes una búsqueda de Dios, un
paulatino y humilde acercamiento al Misterio, que el mandato de custodiar un
cuerpo inmutable de enseñanzas –de hecho, es cuando creemos lo segundo que la defensa
de dichas verdades justifica la exclusión o la condena de los que no las
aceptan.
Por lo tanto, es
falso que estemos llegando a un callejón sin salida donde tendremos que
olvidarnos de la verdad para poder practicar la misericordia. Lo que sí tendríamos
que olvidar son visiones parciales, sospechas fáciles, dicotomías simplistas y
reduccionismos legalistas de la fe que a menudo desfiguran el rostro compasivo,
tolerante y acogedor del Evangelio.
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