ESPACIO DE REFLEXIÓN
Simeón y Ana,
o la generación de la esperanza
“Ahora,
Señor, puedes, según tu promesa, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han
visto mis ojos tu salvación.” (Lc 2, 29-30)
Qué duda cabe que la historia – toda historia – se mueve de forma ondulante hacia
su destino, con altos y bajos en el camino, como quien viaja por una de esas
carreteras en las que desde lo alto de las colinas se ve el amplio horizonte,
mientras que en los valles – a veces largos y profundos – podemos perder por completo
la perspectiva. Es en esos valles en los que hay que mantener el rumbo y conservar
el sentido de la orientación, cuando el destino ha dejado de ser una realidad
visible y se torna en tan solo promesa de futuro, aun sabiendo que tarde o
temprano volverá a mostrarse el horizonte en toda su anchura.