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martes, 4 de febrero de 2014

ESPACIO DE REFLEXIÓN

Simeón y Ana, o la generación de la esperanza

“Ahora, Señor, puedes, según tu promesa, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación.” (Lc 2, 29-30)

Qué duda cabe que la historia – toda  historia – se mueve de forma ondulante hacia su destino, con altos y bajos en el camino, como quien viaja por una de esas carreteras en las que desde lo alto de las colinas se ve el amplio horizonte, mientras que en los valles – a veces largos y profundos – podemos perder por completo la perspectiva. Es en esos valles en los que hay que mantener el rumbo y conservar el sentido de la orientación, cuando el destino ha dejado de ser una realidad visible y se torna en tan solo promesa de futuro, aun sabiendo que tarde o temprano volverá a mostrarse el horizonte en toda su anchura.