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martes, 8 de septiembre de 2015

ESPACIO DE REFLEXIÓN

LA MIRADA DE JESÚS

Pablo Cirujeda

El evangelista Marcos nos describe el encuentro de Jesús con un hombre rico, quien le pregunta por el camino hacia la vida definitiva, con estas palabras: “Jesús se le quedó mirando y le mostró su amor diciéndole: Una cosa de falta: ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres, que tendrás en Dios tu riqueza; y anda, ven y sígueme.” (Marcos 10, 21). Jesús mira al hombre con amor, con una mirada transformadora, y es entonces capaz de ver, no tanto lo que tiene, sino lo que falta; no tanto quién es en ese momento, sino quién pudiera llegar a ser.

La mirada de Jesús es una mirada optimista, que revela el potencial de la persona, viendo más allá de sus circunstancias presentes. Esa misma mirada se repite varias veces en el evangelio de Marcos: Jesús mira a un leproso, pero ve a un hombre que puede sanar; mira a una niña aparentemente muerta, pero ve a una muchacha que puede recobrar la salud; mira a un paralítico, y ve a un hombre que puede volver a caminar. Finalmente, Jesús “paseando la mirada por los que estaban sentados en corro en torno a él” es capaz de ver a una nueva familia en un grupo de personas donde de entrada no hay relaciones de parentesco, ni de clase social, ni otros elementos de afinidad (Marcos 3, 34-35).

jueves, 26 de junio de 2014

ESPACIO DE REFLEXIÓN

LA POBREZA INVISIBLE DEL EMIGRANTE

Pablo Cirujeda

Muchos de nosotros hemos estado dedicados al trabajo pastoral con inmigrantes hispanos en el estado de Wisconsin – algunos desde hace ya más de 20 años – y hemos ido acumulando una gran cantidad de vivencias y anécdotas que podríamos relatar en innumerables páginas. Son historias fascinantes de esfuerzo, superación y gran tenacidad para construir un futuro mejor.

La atención pastoral a los inmigrantes a través de las parroquias católicas nos ha permitido conocer a muchísimas familias hispanas y sus luchas, sus alegrías, sus logros y, también, en muchos casos, sus derrotas. Abundan los estudios sobre las dinámicas socioculturales y económicas de estas personas, y su proceso, nada plácido, de integración en la sociedad de los Estados Unidos de América.

martes, 4 de febrero de 2014

ESPACIO DE REFLEXIÓN

Simeón y Ana, o la generación de la esperanza

“Ahora, Señor, puedes, según tu promesa, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación.” (Lc 2, 29-30)

Qué duda cabe que la historia – toda  historia – se mueve de forma ondulante hacia su destino, con altos y bajos en el camino, como quien viaja por una de esas carreteras en las que desde lo alto de las colinas se ve el amplio horizonte, mientras que en los valles – a veces largos y profundos – podemos perder por completo la perspectiva. Es en esos valles en los que hay que mantener el rumbo y conservar el sentido de la orientación, cuando el destino ha dejado de ser una realidad visible y se torna en tan solo promesa de futuro, aun sabiendo que tarde o temprano volverá a mostrarse el horizonte en toda su anchura.

lunes, 28 de octubre de 2013

A FONDO

LAS CARAS DE LA IGLESIA: ¿Y QUIÉN ES "LA IGLESIA"?

Los miembros de la Comunidad de San Pablo tenemos el gran privilegio de poder convivir, trabajar y aprender de diferentes sociedades, mundos y culturas. De esta manera, tenemos oportunidad de conocer diferentes caras de la Iglesia, tanto las formas en que los cristianos nos identificamos y relacionamos con ella, como también las diferentes caras que ofrecemos a la sociedad en distintos lugares del planeta. Cuando con frecuencia alguien nos pregunta cuál es la postura de “la Iglesia” sobre tal o cual tema, cómo es que “la Iglesia” no hace esto o lo otro, “¿has visto lo que ha dicho “la Iglesia” sobre tal asunto?”, me planteo cada vez más: ¿de qué Iglesia estamos hablando?

Para muchos de nosotros, la Iglesia Católica solamente tiene una cara: la más cercana, la que me enseñaron mis padres, la que nos transmiten los medios de comunicación social, la de mi parroquia, mi ciudad, mi país. He querido detenerme a pensar, por un momento, en las siguientes caras de la Iglesia que he podido ir conociendo en mi limitada experiencia.

En Europa, y en otras sociedades occidentales, hemos aprendido a dar un gran valor a las personas concretas, a su identidad irrepetible. A la vez, y en defensa del individuo, somos muy críticos ante las instituciones, sobre todo cuando sentimos que éstas limitan o coartan nuestras libertades personales. En nuestras sociedades de origen y mayoría cristiana, muchos vemos hoy a la Iglesia como una realidad alejada de nuestras vidas diarias, gobernada y representada por “otros”, portadora de unos valores antiguos, casi anacrónicos; y si no nos ofrece todo aquello a lo que aspiramos, nos mantenemos al margen.

Sin embargo, los misioneros son comúnmente percibidos como la otra cara de la moneda, la parte sana, valiente y admirable de la Iglesia, como si se tratara de sus “cascos azules” que de alguna forma logran redimir la imagen lejana y negativa de la Iglesia… La gran sensibilidad social y la defensa de los derechos del individuo que profesamos hacen que acabemos midiendo a la Iglesia por aquello que “hacen” sus misioneros, mientras que sus enseñanzas, que nos recuerdan el valor del sacrificio personal y las paradojas de la vida cristiana, nos generan rechazo. Esta es una cara de la Iglesia, que deriva en una actitud de indiferencia ante una institución a la que criticamos con facilidad pero a la que acudimos en momentos señalados de nuestra vida; a la que exigimos mucho y, en general, aportamos poco.

En África me he encontrado con una realidad bien distinta a la europea: aquí el ser humano tiene mucho más desarrollado su sentido colectivo, de pertenencia a un grupo humano concreto, y la religión es la que inserta a la persona en una historia y en una sociedad específica, a través del contacto con el pasado y con el futuro, con los ancestros y con la descendencia… Las personas, y los cristianos en concreto, encuentran en la Iglesia una Familia más que una institución, que les aporta un sentido de pertenencia, de seguridad, de acogida. Por otro lado, y para poder preservar este sentido de pertenencia, no tienen mayor problema en cambiar de iglesia o incluso de religión cuando las circunstancias cambian, ya que lo importante es pertenecer a un colectivo con identidad religiosa, no tanto si se trata de unos u otros. No siempre hay una conciencia clara de la identidad específica de la Iglesia Católica: el individuo no es nada si no pertenece, es la pertenencia lo que lo define, lo protege, le da una identidad,  y por lo tanto, ser católico, anglicano, musulmán o animista es igualmente válido, mientras sepamos que no estamos solos y que pertenecemos a una comunidad del presente, en contacto con el pasado y caminando hacia el futuro.

En el contexto africano he visto que no solemos preocuparnos demasiado por lo que ocurre en las “altas esferas”, porque se trata de nuestra familia, y lo que hagan los jerarcas es asunto de “mayores”. Nos sentimos parte de nuestra Iglesia, sobre todo a nivel local, grupal, familiar, aunque eso de la Iglesia universal posiblemente nos quede un poco lejos. Pero estamos orgullosos de nuestra Iglesia, en la que rezamos, bailamos, reímos y lloramos, como ocurre en todas las familias.

Haciendo otro salto, y habiendo vivido un tiempo en los Estados Unidos de América, he observado otra mentalidad que podría denominar de conciencia de “minoría” entre los católicos. Aquí vivimos sabiéndonos rodeados por otras confesiones cristianas y por otras religiones, y por lo tanto estamos un poco “a la defensiva”: tenemos que proteger nuestra identidad para que no se pierda la esencia, lo específico del ser católico: justo al contrario que en África, aquí se trata de defender una y otra vez aquello que nos hace diferentes de los demás grupos, incluidas las formas, las tradiciones, cualquier detalle. Y nuestra pertenencia a la Iglesia Católica es en ocasiones apasionada, buscando en todo momento aquello que nos hace ser católicos, que nos otorga identidad propia… ¡hasta a los curas muchas veces queremos convencerles para que sean más y más católicos, que se vea la diferencia!

Buscando esta cara de Iglesia militante, comprometida, segura de sí misma, queremos una Iglesia que sepa defender los valores sobre los que está fundada, y que no se diluya en un mundo de moral un tanto dudosa, y que nos genera cierta desconfianza.

En México, por otro lado, he observado que, junto a una élite todavía fruto de la Ilustración, escéptica en materia de religión, vive un sector amplio de población, resultante del mestizaje cultural y religioso, con un fuerte sentido de religiosidad popular, que busca (y encuentra) en la Iglesia Católica el cauce para poder canalizar sus anhelos espirituales, de comunicación con la realidad divina. Esta religiosidad popular, que moviliza a millones de personas cada año hacia lugares de peregrinación, y jalona el calendario de fiestas de contenido religioso, llena un vacío existencial, y ofrece una respuesta a la búsqueda de sentido y de identidad. Rozando a veces la superstición y el sincretismo, sin embargo hay aquí una fe genuina y sincera, reflejo de una visión trascendente de la realidad que va más allá de la vida que podamos percibir con nuestros sentidos.

La Iglesia, además, se convierte en dispensadora de bendiciones, institución valiosa a la cual poder recurrir en caso de necesidad, promesa de permanencia y garantía de estabilidad en un mundo siempre amenazado por lo efímero y por la violencia recurrente.

En India, donde he podido conocer algo la vida religiosa, la población cristiana, tan en minoría, ha sabido cultivar un sentido de pertenencia muy marcado, que les permite profesar su fe con orgullo. Siempre conscientes de ser una minoría en un universo dominado por religiones milenarias, los cristianos en Asia viven activamente su pertenencia a la Iglesia, a la cual dedican muchas energías y esfuerzos, y en la que depositan todas sus esperanzas y orgullo.

Y me sigo preguntando, cada vez más: ¿quién y qué es la Iglesia? ¿Es la curia, la jerarquía visible, heredera de la Cristiandad Romana de Constantino? ¿Son aquellos que, con fortuna diversa, copan los titulares en los medios de comunicación? ¿Es la religiosa misionera que atiende a los moribundos de SIDA en un hospital rural del África negra, son los millones de peregrinos que inundan el Santuario de la Virgen de Guadalupe en la ciudad de México el 12 de diciembre? ¿Es el grupo de oración que mantiene vivo el rezo del rosario entre los inmigrantes indios y filipinos en los países del Golfo, son los monjes cartujos que conservan una vida de paz y oración en medio de un mundo frenético, es la mujer de fe que lucha por mantener unida a su familia en la oración a pesar del alcoholismo de su marido? En este mundo global, en medio de sociedades cada vez más heterogéneas y diversas, cuando nos hemos acostumbrado ya a los términos multicultural y multilateral, la Iglesia ha adquirido tantos rostros como personas que creen en la buena noticia de Cristo encarnado, que se hace presente en todas y cada una de las realidades del mundo.

Creo que nadie puede arrogarse el privilegio de ser más Iglesia que los demás, pero tampoco nadie tiene porqué creerse menos Iglesia que aquellos a los que en ocasiones señalamos como “la Iglesia”. Ciertamente Jesús de Nazaret, un judío de hace 2000 años, no pudo prever el mundo en el que vivimos en el siglo XXI, pero su mensaje, que ha sido capaz de interpelar todas las culturas y civilizaciones a lo largo de la historia, tiene que asumir tantas caras como realidades en las que se sigue encarnando.

Yo creo en una Iglesia que, siendo una, tiene infinitas caras: diferentes entre ellas, pero que forman un cuerpo plural y diverso en el que todos tenemos cabida.

                                                                                 Pablo Cirujeda