martes, 25 de diciembre de 2012

ESPACIO DE REFLEXIÓN
PARA CELEBRAR, AQUÍ, LA NAVIDAD

El mensaje de Juan el Bautista resume el mensaje de Adviento, que nos prepara para la Navidad: “Preparad el camino: allanad los senderos, elévense los valles, desciendan los montes y colinas…” (Lc 3, 4-6, citando a Isaías 40, 3-4).
¿Cómo traducimos hoy este mensaje? ¿Qué senderos intransitables se tienen que allanar, qué valles deben elevarse, qué montes deben descender, hoy, aquí, entre nosotros, para que, como dice la lectura, todos vean la salvación de Dios?
Siempre habrá quien, creyéndose más listo o capacitado que los demás, busque (y acaso halle) un atajo entre los obstáculos que bloquean nuestros caminos, un puentecito sobre los valles que nos impiden el paso y un túnel que perfore el monte que nos bloquea… pero esas aventuras individuales e individualistas no nos interesan: la Navidad auténtica tiene que ser para todos, no sólo para algunos.



Y, ciertamente, nuestros senderos, aquí en el sur de la República Dominicana, siguen llenos de piedras y rocas enormes, que deberían desaparecer para que todos podamos pasar por ellos. Son rocas que conocemos de sobras. Digamos una, muy obvia: la pobreza. La falta de recursos, de trabajo, de oportunidades… nos frena. Y nunca deberíamos hablar de la pobreza sin referirnos a su madre, la injusticia (con sus múltiples rostros, empezando por el de la corrupción de tantos de nuestros políticos, lo sabemos bien).


También hay entre nosotros valles que deben elevarse para facilitar nuestro paso: el principal, hoy, aquí quizá sea el valle de la educación, que está hundida, descuidada, anémica: su calidad tiene que subir. Y si la pobreza tiene una madre en la injusticia, la educación tiene una hija: la dignidad. Con alfabetización para todos, con cultura, con conocimientos del mundo que nos rodea, adquiriremos la dignidad a la que todos tenemos derecho.

Y, cómo no, nos rodean asimismo montes y colinas que deben descender. Acaso el más urgente es el monte del egoísmo y el miedo: porque incluso si desaparecieran las rocas de la pobreza y la injusticia y se elevaran los valles de la educación y la dignidad, si nosotros, en nuestro interior, no hacemos descender el monte del egoísmo y del miedo que lo produce, tampoco estaremos haciendo posible que todos (y no sólo algunos) caminemos sin demora hacia el sueño que Dios tiene para cada uno de nosotros, hacia nuestra plenitud. ¡Hacia la Navidad!
                                                                                        Martí Colom

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