jueves, 18 de julio de 2013

ESPACIO DE REFLEXIÓN

Diálogo: peligro y oferta

Dialogar sinceramente con otra persona es una experiencia llena de posibilidades y de riesgos. Un diálogo que realmente lo sea (que no sea monólogo) tiene siempre el potencial de cambiar las perspectivas de los que dialogan. Dialogar nos transforma. En el momento en que alguien entabla una conversación con otro con la intención sincera de intercambiar ideas y pareceres, implícitamente ha declarado que está dispuesto a modificar sus propias convicciones. Por eso, todos los que sospechan y desconfían del diálogo, y lo rehúyen, es porque quizá sin reconocerlo esconden en su interior dudas e inseguridades acerca sus creencias y opciones. Éstos, a lo sumo dicen que dialogan, pero en realidad dan lecciones, pontifican. Hay personas, en efecto, que preparan las conversaciones como si se tratara de un combate, con tácticas y estrategias bien pensadas, porque para ellos el encuentro consiste exactamente en esto: algo que debe ganarse. Se han convencido de antemano que ellos saben muy bien lo que sirve, lo que vale y lo que no, y que tienen el deber de mostrar a otros el camino correcto. Eso no es un diálogo. Sólo dialogan de verdad las personas que, muy conscientes de su fragilidad, aceptan la posibilidad de estar equivocados.


A partir de esta noción de diálogo podemos comprender el rechazo de muchos, en la Iglesia, a la propuesta esencialmente dialogante del Concilio. Quienes desconfiaron de esta actitud entonces, que son los mismos que después rechazaron y siguen rechazando hoy (más o menos abiertamente) los documentos conciliares o aspectos de los mismos, intuyeron entonces e intuyen ahora que la llamada a dialogar con la cultura moderna tiene el potencial de cambiar la Iglesia, y su rechazo se funda en el miedo a que esto ocurra. Naturalmente, lo que sí pasa entonces es que sin diálogo no se avanza: acabamos en una repetición cada vez más cansada y cansina de los mismos conceptos, que a oídos de aquellos con quienes no quisimos dialogar pronto se hacen incomprensibles. La Iglesia, como otras instituciones y como las personas, tiene ante sí dos opciones: o bien se encierra, encastillada en sus posiciones, rechazando el diálogo, y se paraliza, o bien se sienta a conversar con la cultura moderna y postmoderna, con no-creyentes, con los propios fieles que disienten, con todo el que se pueda, sin miedos: a sabiendas que en este diálogo posiblemente perderá seguridades pero ganará en profundidad. Que este diálogo la transformará. La clave del asunto está en asumir, precisamente, que esta transformación, en vez de una desgracia, es un beneficio. Pues personas e instituciones salimos ganando cuando nos dejamos enriquecer con las perspectivas y críticas de los demás.

                                                                        Martí Colom


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