lunes, 9 de junio de 2014

ESPACIO DE REFLEXIÓN

CIEGOS, AL BORDE DEL CAMINO

Los tres evangelios sinópticos narran la historia de la curación de un ciego en las inmediaciones de Jericó. Los relatos tienen importantes diferencias entre ellos, pues naturalmente responden al proyecto literario particular de cada evangelista: por ejemplo, en Marcos (Mc 10,46b-52) el ciego tiene nombre (Bartimeo), mientras que los ciegos de Mateo (Mt 20,29-34) y Lucas (Lc 18,35-43) son anónimos; por otro lado, en Mateo  son dos los ciegos le piden a Jesús que los cure, y no a uno solo como en Marcos y Lucas. Al mismo tiempo, hay rasgos fundamentales del episodio que se repiten en los tres evangelios. Aquí nuestro propósito no es hacer un estudio comparativo de las diferencias sino precisamente centrarnos en el hecho de que los tres pasajes describen, al iniciar la escena, al ciego (o ciegos en el caso de Mateo) sentado al borde del camino; al final, después de dialogar con Jesús y recuperar la vista, en los tres evangelios los ciegos se ponen a seguirlo. Marcos especifica: «en el camino» (Mc 10,52).


Sin entrar en un análisis detallado de todos los matices y niveles de significado que tiene el episodio nos queremos concentrar en este aspecto: de estar inicialmente junto al camino, el ciego ya con la vista recuperada pasa a seguir a Jesús en el camino. Nos parece esencial comprender que el hecho de estar al borde del camino era la causa de la ceguera, no su consecuencia. Dicho con otras palabras: el ciego no estaba al borde del camino porque era ciego, sino que era ciego porque estaba al borde del camino.

Pensar lo primero (que estaba al borde del camino porque era ciego) sería asumir que los evangelistas nos ofrecen una simple descripción literal y por ello bastante anodina de una situación factual: un ciego pide limosna y lo hace sentado junto a un camino, para no ser pisoteado por los que transitan por él. Pero sabemos que los evangelios no quieren ser crónicas precisas de episodios meramente históricos, sino textos catequéticos cargados de simbolismo e intencionalidad. Si aquí la intención es describir, como en tantas otras ocasiones, las resistencias al seguimiento de Jesús, entonces vemos que probablemente el mensaje central del pasaje está en comprender, como decíamos, que aquel hombre era ciego porque estaba al borde del camino. Este personaje describe a todos aquellos que deciden no caminar, no implicarse, no involucrarse en el itinerario de Jesús, a los que rehúyen el compromiso, a los que quizá pretenden ser espectadores y no actores… y que, a causa de esta actitud, quedan ciegos. Que es lo mismo que decir que para comprender (ver bien) una realidad hay que entrar de lleno en ella. Al mantenerse no en el camino sino junto a él (es decir, allí donde según la parábola del sembrador la semilla no dio fruto Mc 4,4 y 4,15), los hombres pierden la capacidad de ver correctamente.

Así entendido, el episodio de los ciegos de Jericó nos enseña que la fe implica seguimiento, y que sólo el seguimiento alimenta la fe. Incluso en medio de dudas, es mejor caminar que sentarnos; indecisos, al borde del camino, quedaríamos ciegos.

Más allá de la aplicación exclusiva al tema del discipulado, que ciertamente contiene, este pasaje nos ofrece una observación general sobre la vida: nos dice que quien pretenda mantenerse alejado de una situación (la que sea) muy probablemente será incapaz de comprenderla. Y su reverso en positivo, nos dice que la única manera de ver y entender una realidad en toda su complejidad es entrando y participando en ella. Es el dilema perenne de los antropólogos, que precisamente quieren comprender culturas extrañas a la suya sabiéndose a la vez extranjeros, y a menudo la distancia del observador hacia lo que observa, y quizá la misma naturaleza intencionalmente desapasionada de su mirada, imposibilita precisamente la comprensión de lo que se ve: se magnifican detalles secundarios de la cultura estudiada y se pasan por alto rasgos esenciales de la misma. Podríamos decir que los que logran su objetivo, los auténticos antropólogos, son aquellos cuyo trabajo de campo les lleva a caminar realmente con aquellos a quienes estudian. O dicho de otra manera: es precisamente porque al borde del camino quedamos ciegos que la antropología no podrá prescindir nunca del trabajo de campo. Desde un despacho universitario jamás se podrá comprender la experiencia vital de grupos humanos lejanos. Sólo «caminando» en medio de otras culturas empezaremos a comprenderlas (ni que sea de forma imperfecta).

Sólo si nos involucramos en las vidas de los demás conseguiremos los elementos necesarios para por lo menos empezar a comprenderlas en toda su complejidad.

Martí Colom                                                                                                                                             

                                                                                                             

1 comentario:

  1. En algún sitio leí (o me lo estoy inventando) algo así como: "Cuando nos hacemos pobres con los pobres luchamos con todo nuestro ser por ganarle terreno a la pobreza"... Tu artículo me ha puesto a pensar en que si me quedo siempre mirando a los que peor lo pasan siempre desde una cierta distancia nunca podré sentir enteramente su sufrimiento, por tanto, no pondré todos mis esfuerzos, absolutamente todos, en ayudarlos a salir de este. ¡Gracias!

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