jueves, 26 de junio de 2014

ESPACIO DE REFLEXIÓN

LA POBREZA INVISIBLE DEL EMIGRANTE

Pablo Cirujeda

Muchos de nosotros hemos estado dedicados al trabajo pastoral con inmigrantes hispanos en el estado de Wisconsin – algunos desde hace ya más de 20 años – y hemos ido acumulando una gran cantidad de vivencias y anécdotas que podríamos relatar en innumerables páginas. Son historias fascinantes de esfuerzo, superación y gran tenacidad para construir un futuro mejor.

La atención pastoral a los inmigrantes a través de las parroquias católicas nos ha permitido conocer a muchísimas familias hispanas y sus luchas, sus alegrías, sus logros y, también, en muchos casos, sus derrotas. Abundan los estudios sobre las dinámicas socioculturales y económicas de estas personas, y su proceso, nada plácido, de integración en la sociedad de los Estados Unidos de América.

Pero hasta que no tuve ocasión de vivir y trabajar en medio de ellos, no me percaté de algo que tienen en común casi todas estas familias. No se trata de su precaria situación legal, ni de su religiosidad o su folclore, ni tampoco de su identidad cultural. Lo comparten tanto aquellos – los menos – a los que les ha ido bien, como aquellas personas – las más – que luchan a diario por alimentar a su familia, mantener su humilde hogar y pagar las “bills” (recibos de servicios públicos)  y que se sacrifican para que sus hijos puedan llegar, un día, a desarrollar sus sueños en el “país de las oportunidades”.

Cuando estas personas cruzaron la frontera sur de los EEUU con la esperanza de una vida más próspera, para ellos y sobre todo para sus hijos, dejaron algo esencial atrás, del “otro lado”. Algo que no se puede reproducir, como se puede hacer con la comida tradicional, la música, el vestir o las devociones populares. Ese “algo” son personas. Dejaron atrás a sus padres y abuelos, a sus mayores.

En una misa en español para una comunidad hispana de un domingo cualquiera en los EEUU, es llamativa ausencia casi total de personas mayores. La iglesia se llena de personas jóvenes, de niños y de adultos que trabajan sin tregua para llevar adelante a sus familias. Apenas vemos adultos mayores. ¿Dónde están? Se quedaron atrás, en los pueblos y ciudades de origen de nuestros inmigrantes, rechazando un viaje que para ellos no tenía sentido, o quizás ni siquiera les era posible. Una y mil veces hemos sido testigos de la división familiar fruto de la emigración irregular: familias en los EEUU que llevan cinco, diez o acaso veinte años sin ver a sus mayores, aunque éstos vivan a 3 horas de vuelo de sus nuevos hogares.

A la inversa, en México y en otros países más al sur abundan las personas mayores que llevan décadas sin ver a sus hijos salvo por las oportunidades que actualmente les brindan las redes sociales. Trabajando en pueblos y comunidades hemos podido conocer a estas personas que nos relatan los itinerarios de sus seres queridos que un día decidieron arriesgar la ruta hacia el norte.  Sus padres no han podido asistir a las bodas de sus hijos, ni conocer a sus nueras o yernos, ni abrazar a sus nietos. Vemos a madres que jamás podrán estar al lado de sus hijas cuando traigan al mundo a la siguiente generación, como también, “del otro lado”, hablamos con hijos que saben que no podrán asistir al funeral de sus padres, niños que crecen sin conocer a sus abuelos.

Acompañando a la comunidad hispana en el sur de Wisconsin, he conocido no solo a los que han arriesgado una nueva vida en estas tierras, sino que he aprendido a ver el vacío de los que faltan. Más allá de la pobreza material que suponen la precariedad laboral, la falta de seguridad sanitaria o de legalidad, he conocido una pobreza invisible pero real: la ausencia de los mayores.

En cualquier modelo social, los mayores aportan elementos indispensables para la vida familiar. Sean nuestros padres, abuelos, tíos o simplemente vecinos, su experiencia de vida y sabiduría se comparte a través de la convivencia. Aconsejan, escuchan, colaboran o a veces simplemente están presentes en todos los momentos de la vida, en las fiestas, en el llanto, o en el cansancio diario de la lucha.


Su ausencia es una carga añadida que empobrece a esta generación de personas que, un día no tan lejano, cruzaron una frontera con el sueño de una vida mejor. Luchar por hacer posible la reunificación familiar no es solo una cuestión de justicia. Es una necesidad para poder aportar estabilidad a millones de familias en las que están naciendo y se están formando los hombres y mujeres del futuro.

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