jueves, 17 de octubre de 2013

ESPACIO DE REFLEXIÓN

La religión, radicalmente redefinida por la transfiguración

El relato de la transfiguración, presente en los tres evangelios sinópticos (Mt 17,1-8; Mc 9,2-13; Lc 9,28-36), tiene sin duda una gran riqueza e importancia. Es de aquellos pasajes evangélicos que nunca parecen agotar su potencial expositivo, su profundidad.

Si aquí nos planteamos una vez más cuál es su mensaje esencial es para proponer que, en términos muy simples, lo fundamental es que los tres discípulos que acompañan a Jesús a lo alto de la montaña suben para encontrarse con Dios y se encuentran con un hombre.

Es bien sabido que muchas culturas han concebido las cimas de los montes como lugares propicios para el encuentro con la divinidad. En Israel mismo se han descubierto restos de altares paganos en lugares elevados. Y en el Antiguo Testamento, Moisés tiene que subir al Monte Sinaí para recibir la Ley de Dios, así como Elías busca el contacto con el Señor en las alturas del Monte Carmelo. Parecería que ahora el turno le toca al Tabor, que allí los discípulos verán a Dios. Podemos imaginar que los evangelistas construyen el relato para darnos a entender que con esta mentalidad subieron Pedro, Juan y Santiago la cuesta de este monte galileo, siguiendo a su maestro y amigo.

Pero lo que allí sucederá es radicalmente diferente. A quien encuentran, por decirlo así, es a Jesús. Él es quien se transfigura y se les muestra; y si Moisés y Elías aparecen es para luego, en seguida, desaparecer, y subrayar así que quien permanece es Jesús; y si se escucha una voz divina es para señalar que a quien deben escuchar es a Jesús (la voz, en efecto, no se señala a sí misma, su mensaje es que escuchen al maestro de Nazaret). Todo, así, apunta a una nueva realidad: que el lugar de encuentro con Dios ya no es la montaña, sino la persona.

En el Tabor no sucede nada divino. O sí, pero sucede en Jesús. Podríamos decir que con el episodio de la transfiguración terminan para siempre ya las antiguas religiones y empieza una forma nueva, totalmente diferente, de entender el hecho religioso (que muchas veces todavía hoy no hemos asumido y comprendido plenamente). Y es que en esta narración se nos describe diáfanamente que Dios ya no se quiere mostrar más que en el hombre. Esta es la gran originalidad del cristianismo. Que implica necesariamente, insistimos, una nueva forma de entender y vivir la religión. Desde aquí, desde la certeza de que el nuevo y definitivo lugar de la presencia de Dios es el ser humano, ser “religioso” ya no puede implicar el alejamiento de los demás para evitar la contaminación de lo mundano. Ya no puede significar el aprendizaje de extraños códigos, de una sabiduría a-humana, o in-humana, a la que sólo tendrían acceso unos pocos privilegiados; la religión ya no puede exigir el dominio de lenguajes extraños, propios e incomprensibles. Todo esto es lo que buscaría Pedro, asustado (al fin y al cabo, Lucas nos dice que Moisés y Elías, después de hablar claramente de la muy mundana realidad de la muerte de Jesús, que iba a consumar en Jerusalén, ya empezaban a irse cuando el primer apóstol lanzó su propuesta desesperada), al sugerir que se quedaran para siempre en la cima sagrada, compartiendo la revelación privilegiada de la que sólo ellos habían sido testigos.

Desde la transfiguración, la religión sólo puede comprenderse como algo radicalmente nuevo: de hecho, se trata de algo que poco tiene que ver con lo que todavía hoy muy a menudo concebimos como religioso. Porque para nosotros, la religión no puede ser ya otra cosa que comprender cada vez mejor nuestra humanidad, y vivirla plenamente. Que es exactamente lo que hizo Jesús con su vida.
                                                                                    Martí Colom


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